miércoles, 23 de marzo de 2016

CRÓNICA DE UN INCONSCIENTE






Esshhhpañoles… ¡mi televisor… ha muerto…! Snifff…

Ocurrió hace un par de semanas, mientras almorzaba y se me antojó ver el programa de corazón de la Igartiburu. De vez en cuando – y no lo digo por justificarme – me gusta ver el nivel de gilipollez que se nos adjudica a la población, con según y qué programas, y el de esta muchacha, en concreto, alcanza bastantes puntos.

No sé cómo ocurrió, sólo sé que estaba pinchando las judías verdes con el tenedor y cuando miré a la pantalla se veía todo en blanco, con unas sombras de fondo. Durante unos instantes me cuestioné si lo suyo sería llamar a un técnico o a Iker Jiménez, pero cuando apliqué la lógica, comprendí que iba a ser cosa del tubo de imagen del aparato, y también, que su pérdida me afectaba tanto como el estilismo de Ana Pastor. Creo que lo voy a vender a alguien que lo quiera arreglar; lo tomaré como una señal del Universo: me llegará por otra parte uno mejor donde ver las pelis que tanto me gustan. No me veo comprando uno nuevo, más que nada, porque el asunto del peculio lo tengo bastante regular, y prefiero comprar comida y pagar a los rateros que nos abastecen de luz, agua, y ese tipo de lujazos que la mayoría del rebaño pagamos cada mes, sin rechistar, aun sabiendo que nos están estafando by the face.

El caso es que estoy aprovechando para recuperar el tiempo de lectura de la ristra de títulos que tenía aparcados o empezados; eso es justo lo que le estaba contando a mi amiga María mientras colocábamos los libros en la estantería de su nuevo hogar, cuando, de repente, y con esa chispa que la caracteriza, sacó un texto de cualquier caja, y como una niña chica, con la sonrisa de oreja a oreja, soltó:

-        ¡¡Miraaa, llévatelo, tienes que leerlo!!

Nada más verlo, me encantó: 86 páginas muy despejadas, letras grandes y lo suficientemente ligero como para leer en la cama o transportar en el bolso. Eso viene a ser,  grsosso modo, lo primero que me atrae de un libro, para qué nos vamos a engañar. Lo del autor que lo escribe lo pongo siempre en cuarentena, porque todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor; y también, porque, visto lo visto, muchos escritores famosos, además de contar con su musa, lo hacen con un equipo de marketing y algún que otro negro que les aligera el trabajo mientras ellos o ellas se dedican a hacer caja por esos mundos de dios.

-        ¡Es el libro que más he regalado en mi vida! – continuó explicando mi querida amiga - ¡Y el tío que lo ha escrito es el de la librería de abajo! El otro día entré y le dije que me encantaba su libro y que lo regalaba siempre, y se me quedó mirando, atónito; fíjate tú, ¡¡que le digan eso a un tipo al que no conocen ni las águilas!! ¡Te va a encantar!

Desde luego esta mujer me conoce un poco y sabe, además de hacerme reír,  cómo ponerme la miel en los labios. Estaba deseando llegar a casa y meterme en la cama con él (con el libro); y eso fue lo que hice tras mi ritual de limpieza de cutis y aseo dental.

“Cuentos de un inconsciente”, escrito por Evaristo Montaño, nacido en 1960 en Jerez, se convirtió en una de esas revelaciones que tienes que contar al cosmos: la mayoría de las cosas que nos callamos de los demás y que el resto del mundo se pierde, son cosas interesantes. Muchas veces parece como si nos quisiéramos quedar para nosotros con lo bueno de las personas porque  vende más, a la hora de poner en alza nuestra popularidad, sacar fuera sus miserias o debilidades.
Abrí, curiosa, la primera página del librito. En la segunda pude leer:

“Soñar es despertarse hacia adentro"  -  Mario Quintana

“Hay otros mundos pero están en este” - Paul Eluard

Y a continuación, comienza el libro en todo su esplendor. No tiene prólogo, ni falta que le hace. Tras leer las cinco primeras líneas, suelto una sonora carcajada en medio de la noche, y cavilo que el tipo ha dado de lleno en la diana: el comienzo, el primer capítulo de un libro es esencial, porque si a los lectores no les gusta no leerán el resto del libro.

El primer cuento de “Cuentos de un inconsciente”, de Evaristo Montaño, se titula “El mercadillo de Oneirokriticá” y un extracto del mismo, dice así:

Entré en el mercadillo. Me paseé por él tranquilamente, observando los puestos y a sus vendedores. En uno de estos puestos un hombre con bigotes dalinianos vendía pescadillas de su propio huerto, recién cogidas del árbol. Intentó convencerme de que comprara algunas. Me dijo que eran ecológicas. Que él regaba sus árboles con auténtica agua marina y los abonaba con algas secas. No se las compré. Me pareció que estaban demasiado verdes: todavía no era el tiempo de las pescadillas.
Más adelante, un joven cariacontecido vendía hogazas de pan triste. Un pan que estaba hecho de recuerdos y añoranzas, de tiempos felices y amores perdidos. Tampoco le compré nada. Mi médico me ha dicho que lo evite, me sube mucho la melancolía.

Hace unos días decidí hacerle una visita para charlar con él; me contó que iba para profesor de Educación Física pero las circunstancias le llevaron a montar un gimnasio en el que estuvo trabajando  durante 20 años, hasta que se cansó de trabajar sólo para pagarle al banco. Le ha gustado pintar de toda la vida de dios, hasta que se dio cuenta de que tenía poco de pintor y mucho de Cuentista.

Me dijo que escribe, sobre todo, los sueños que tiene cada noche, aunque a veces le resulta complicado contar un cuento en el que tiene que describir un mar de gelatina. Se define como observador, introvertido, terco, peligrosamente cabezón, misántropo e hipocondríaco de los malos; en ese punto me paro a pensar que si no fuera porque le delatan su físico y su edad, servidora podría estar delante de la reencarnación del mismísimo Woody Allen; hasta que Evaristo llega al apartado en que también se define como un “hedonista que escribe por diversión”, y la verdad, no veo yo al actor, guionista y director de cine en esa coyuntura, sobre todo, en lo concerniente a los dineros.
Evaristo empezó a tomarse más en serio lo de escribir a los 53. Ahora tiene 56 años y ya ha publicado su primer libro. Trata de dedicar una hora al día a dibujar las ilustraciones de la que será su segunda obra y que tratará sobre La Gula, y también tiene en proyecto un tercer libro, más onírico y misceláneo.

Todo esto me lo cuenta en “La luna vieja”, la librería que ha montado en la calle Granados, en la que entra gente dispar, para curiosear o para preguntar por algún libro en concreto. De repente la conversación se ve interrumpida por una llamada a su móvil; el politono parece un rebuzno, pero luego me aclara que es la voz de Chewacca. Me quedo mucho más tranquila, la verdad. Y así podría seguir contando una interminable letanía de anécdotas y rasgos atípicos en alguien de Jerez.


Desde luego – pienso  para mí – así  da gusto que el televisor pase a mejor vida; da gusto tener amigos como María que te ilustran en campos que tienes justo al lado y que a veces te parece que están en otro planeta. Va a ser verdad lo que dice Paul Eluard de que “Hay otros mundos pero están en este”, sólo hay que rascar un poco y el azar, las causalidades y la necesidad de contarle al mundo lo que sabes, te llevarán un día,  como sin venir a cuento, a describir la agradable  sensación de descubrir otros mundos tan cercanos, y de paso, por qué no,  a escribir la crónica de un inconsciente.

Amanda Flores



martes, 1 de marzo de 2016

DESEMPALMADOS





Mi maestra de yoga es japonesa. Todavía me cuesta creerlo… creo por fin he encontrado mi lugar en el mundo. ¡Yupi!. Nada que ver con el surrealismo que vengo padeciendo desde que mi cuerpo me dijo que ya estaba preparado para la descompresión.

Hace unos meses estaba hecha, literalmente, un ocho. Recibí por correo electrónico la oferta del Groupon de 5 masajes por un precio irresistible. No me lo pensé dos veces y la compré.
No conocía el local y he de admitir que tenía ciertas reservas antes de llegar. Me llevé una grata sorpresa. Me pareció ideal. Decoración budista con velitas y todo ese rollito que me gusta tanto a la hora de calmar el cuerpo y la mente. Casi lloro de emoción.  Antes de pasar a la acción, el masajista -  que resultó ser el dueño -  me dijo que acababa de aterrizar por allí y que había apostado por expandirse junto a su mujer, esteticista de profesión. Lo que no me dijo es que mi masaje se acabaría convirtiendo en la escena del camarote de la película de los hermanos Marx. Allí entraba todo el mundo: su mujer, sus niños, su cuñada, un amigo que pasaba por allí para saludarlo;  todo dios descorría la cortina y entraba. Flipé tanto que ni reparé en que no me había depilado las piernas, con lo jhartible que soy yo para esas cosas.

Antes de volver para recibir mi segundo masaje le expliqué, amablemente, que estaba muy dolorida y que necesitaba tranquilidad durante el tiempo que duraba la sesión. Mientras se lo decía me resultaba bastante irrisoria la situación. Más o menos como si estuviera colgando un cartel de “Prohibido fumar” en la UVI de un hospital.
Al tercer masaje, ya tenía a su mujer y a su hijo de siete meses animando un poco la terapia. Ella, contando a viva voz su visita al pediatra, y el bebé correteando por la camilla donde me encontraba, boca abajo y con los nervios a punto de cristalizar.

Por la noche, después de prepararme una tila doble, pensé que el Universo me estaba enviando señales (a cañonazos) para que cambiara de actividad,  que lo suyo era practicarme yo misma la fisioterapia, así que cuando leí un artículo sobre los beneficios de practicar Chi kung - que no requería de grandes esfuerzos físicos -  no me lo pensé dos veces y me apunté en un gimnasio que imparte dicha actividad muy cerca de casa.
El dueño del gimnasio me invitó a la primera clase. Me encantó. La monitora, genial.  Por fin encontraba lo que tanto había buscado.
En mitad de la segunda clase sonó un teléfono móvil. Su propietaria atendió la llamada como si estuviera en plena calle. Sin cortarse. Al momento, fue invitada por la monitora a que saliera para continuar hablando. Esa misma situación con distintos matices se repitió durante el mes y medio que aguanté allí. El último día fue muy desagradable porque en plena meditación sonó una llamada de teléfono que su propietaria ni contestó, ni colgó.  A esas alturas yo ya me había dado cuenta de que  a mis compis de Chi-kung, una parte esencial de la clase, como es la meditación, les importaba lo mismo que los créditos al final de una película de Jean Claude Vam Damme.
Le pedí a la propietaria del teléfono que lo apagara durante la clase y me respondió, vociferando:

-        Yo lo sssiento pero tengo maleh en mi casa

Subtitulado, vendría a significar que no tenía intención de apagar su teléfono móvil, que ella tenía – supuestamente -  algún familiar enfermo, y que al resto del mundo y a mí nos podían ir dando.
Hablé con la monitora y me dijo que ya había pedido, muchas veces y por todos los medios, que apagaran los teléfonos móviles, pero que no había manera. Decidí hablar con el dueño del gimnasio y me respondió que me fuera a una clase de Pilates, que la monitora era muy buena...

 Cuando llegué a casa pensé que yo no podía cambiar el mundo, ni a las personas, pero que tampoco tenía por qué convivir -  ni siquiera un par de veces por semana -  con semejante falta de respeto.
Ayer, en menos de 24 horas viví 3 situaciones idénticas. No podía cruzar al otro lado de la calle porque alguien estaba aparcado sobre el paso de cebra. Cuando les pedí que se quitaran, no sólo permanecieron inamovibles, sino que una de las conductoras se bajó de su coche en plan Latin King, y fue entonces cuando comencé a sentir una profunda empatía por Michael Douglas en “Un día de furia”. No sé si me explico.

Mi perro y yo seguimos con nuestra particular huelga de ver informativos o algo que se le parezca. Ni falta que hace. Basta con asomar un poco el hocico a la calle para darse cuenta de que “La vida sigue igual” de Julio Iglesias, continua siendo top trending; que ésta no sólo NO es ciudad para jóvenes, sino que ha pasado a ser una aldea para viejos y personas que no tienen educación ni el menor interés por adquirirla. A veces tengo la sensación de que la fuga de cerebros es algo endémico en Jerez; que es  un lugar donde se viven los extremos: o se saltan los pasos de cebra o aparcan sobre ellos. Si te ven rodeada de personas es porque les interesas; si te ven sola, es que algo raro tienes. Si brillas es porque te lo tienes creído; si tienes educación eres tonta, pija o rara.

 Aquí no se habla,  se grita. Hasta en el súper. Hace mucho que dejé de ir a comprar a Mercadona. Lo que pasa allí no lo veo ni medianamente normal: te van aullando las ofertas por todos los departamentos como si no hubiera un mañana. Ni en la plaza  de Jamaa en Fna de Marrakech he presenciado algo parecido. Permitimos cosas que acaban convirtiéndose en normales.
De vez en cuando recuerdo a una vecina que tuve, una señora de ochenta y pico años. Tenía un rosario de enfermedades y una experiencia de vida como para quitar el hipo. Isabel comenzó a trabajar a los 8 años cuidando cerdos. No fue a la universidad; en las paredes de su casa no sólo no colgaba ningún máster sino que nunca llegó a aprender a leer ni  escribir; sin embargo su afán de superación la llevó a tener un vocabulario y unos modales que ya quisiera más de un premio Nobel… Nunca he conocido a alguien con una educación tan exquisita como la de Isabel.

Están dejando de importarme algunas cosas y me siento bien al respecto. Ya no veo posible concienciar a determinados núcleos de población de que sin educación quedan excluidos términos como humanidad, solidaridad, empatía, asertividad…

La educación es como una erección. Si la tienes, se nota.  Y si después de lo que hemos vivido, de lo que estamos viviendo, no se nos mete en la cabeza que la educación es  nuestra única arma, estamos desarmados, perdidos, a la deriva. Definitivamente, desempalmados.


“Una verdadera educación:
No te enseñará a competir, te enseñará a colaborar.
No te enseñará a pelear por llegar el primero. Te enseñará a ser creativo, a ser dichoso, sin compararte con los demás.
No te enseñará que sólo puedes ser feliz si llegas el primero: es una estupidez. No puedes ser feliz simplemente por ser el primero, y al intentar ser el primero sufrirás tanto que cuando lo consigas te habrás acostumbrado al sufrimiento”.
                                                                                                                                              Osho


Amanda Flores