martes, 1 de marzo de 2016

DESEMPALMADOS





Mi maestra de yoga es japonesa. Todavía me cuesta creerlo… creo por fin he encontrado mi lugar en el mundo. ¡Yupi!. Nada que ver con el surrealismo que vengo padeciendo desde que mi cuerpo me dijo que ya estaba preparado para la descompresión.

Hace unos meses estaba hecha, literalmente, un ocho. Recibí por correo electrónico la oferta del Groupon de 5 masajes por un precio irresistible. No me lo pensé dos veces y la compré.
No conocía el local y he de admitir que tenía ciertas reservas antes de llegar. Me llevé una grata sorpresa. Me pareció ideal. Decoración budista con velitas y todo ese rollito que me gusta tanto a la hora de calmar el cuerpo y la mente. Casi lloro de emoción.  Antes de pasar a la acción, el masajista -  que resultó ser el dueño -  me dijo que acababa de aterrizar por allí y que había apostado por expandirse junto a su mujer, esteticista de profesión. Lo que no me dijo es que mi masaje se acabaría convirtiendo en la escena del camarote de la película de los hermanos Marx. Allí entraba todo el mundo: su mujer, sus niños, su cuñada, un amigo que pasaba por allí para saludarlo;  todo dios descorría la cortina y entraba. Flipé tanto que ni reparé en que no me había depilado las piernas, con lo jhartible que soy yo para esas cosas.

Antes de volver para recibir mi segundo masaje le expliqué, amablemente, que estaba muy dolorida y que necesitaba tranquilidad durante el tiempo que duraba la sesión. Mientras se lo decía me resultaba bastante irrisoria la situación. Más o menos como si estuviera colgando un cartel de “Prohibido fumar” en la UVI de un hospital.
Al tercer masaje, ya tenía a su mujer y a su hijo de siete meses animando un poco la terapia. Ella, contando a viva voz su visita al pediatra, y el bebé correteando por la camilla donde me encontraba, boca abajo y con los nervios a punto de cristalizar.

Por la noche, después de prepararme una tila doble, pensé que el Universo me estaba enviando señales (a cañonazos) para que cambiara de actividad,  que lo suyo era practicarme yo misma la fisioterapia, así que cuando leí un artículo sobre los beneficios de practicar Chi kung - que no requería de grandes esfuerzos físicos -  no me lo pensé dos veces y me apunté en un gimnasio que imparte dicha actividad muy cerca de casa.
El dueño del gimnasio me invitó a la primera clase. Me encantó. La monitora, genial.  Por fin encontraba lo que tanto había buscado.
En mitad de la segunda clase sonó un teléfono móvil. Su propietaria atendió la llamada como si estuviera en plena calle. Sin cortarse. Al momento, fue invitada por la monitora a que saliera para continuar hablando. Esa misma situación con distintos matices se repitió durante el mes y medio que aguanté allí. El último día fue muy desagradable porque en plena meditación sonó una llamada de teléfono que su propietaria ni contestó, ni colgó.  A esas alturas yo ya me había dado cuenta de que  a mis compis de Chi-kung, una parte esencial de la clase, como es la meditación, les importaba lo mismo que los créditos al final de una película de Jean Claude Vam Damme.
Le pedí a la propietaria del teléfono que lo apagara durante la clase y me respondió, vociferando:

-        Yo lo sssiento pero tengo maleh en mi casa

Subtitulado, vendría a significar que no tenía intención de apagar su teléfono móvil, que ella tenía – supuestamente -  algún familiar enfermo, y que al resto del mundo y a mí nos podían ir dando.
Hablé con la monitora y me dijo que ya había pedido, muchas veces y por todos los medios, que apagaran los teléfonos móviles, pero que no había manera. Decidí hablar con el dueño del gimnasio y me respondió que me fuera a una clase de Pilates, que la monitora era muy buena...

 Cuando llegué a casa pensé que yo no podía cambiar el mundo, ni a las personas, pero que tampoco tenía por qué convivir -  ni siquiera un par de veces por semana -  con semejante falta de respeto.
Ayer, en menos de 24 horas viví 3 situaciones idénticas. No podía cruzar al otro lado de la calle porque alguien estaba aparcado sobre el paso de cebra. Cuando les pedí que se quitaran, no sólo permanecieron inamovibles, sino que una de las conductoras se bajó de su coche en plan Latin King, y fue entonces cuando comencé a sentir una profunda empatía por Michael Douglas en “Un día de furia”. No sé si me explico.

Mi perro y yo seguimos con nuestra particular huelga de ver informativos o algo que se le parezca. Ni falta que hace. Basta con asomar un poco el hocico a la calle para darse cuenta de que “La vida sigue igual” de Julio Iglesias, continua siendo top trending; que ésta no sólo NO es ciudad para jóvenes, sino que ha pasado a ser una aldea para viejos y personas que no tienen educación ni el menor interés por adquirirla. A veces tengo la sensación de que la fuga de cerebros es algo endémico en Jerez; que es  un lugar donde se viven los extremos: o se saltan los pasos de cebra o aparcan sobre ellos. Si te ven rodeada de personas es porque les interesas; si te ven sola, es que algo raro tienes. Si brillas es porque te lo tienes creído; si tienes educación eres tonta, pija o rara.

 Aquí no se habla,  se grita. Hasta en el súper. Hace mucho que dejé de ir a comprar a Mercadona. Lo que pasa allí no lo veo ni medianamente normal: te van aullando las ofertas por todos los departamentos como si no hubiera un mañana. Ni en la plaza  de Jamaa en Fna de Marrakech he presenciado algo parecido. Permitimos cosas que acaban convirtiéndose en normales.
De vez en cuando recuerdo a una vecina que tuve, una señora de ochenta y pico años. Tenía un rosario de enfermedades y una experiencia de vida como para quitar el hipo. Isabel comenzó a trabajar a los 8 años cuidando cerdos. No fue a la universidad; en las paredes de su casa no sólo no colgaba ningún máster sino que nunca llegó a aprender a leer ni  escribir; sin embargo su afán de superación la llevó a tener un vocabulario y unos modales que ya quisiera más de un premio Nobel… Nunca he conocido a alguien con una educación tan exquisita como la de Isabel.

Están dejando de importarme algunas cosas y me siento bien al respecto. Ya no veo posible concienciar a determinados núcleos de población de que sin educación quedan excluidos términos como humanidad, solidaridad, empatía, asertividad…

La educación es como una erección. Si la tienes, se nota.  Y si después de lo que hemos vivido, de lo que estamos viviendo, no se nos mete en la cabeza que la educación es  nuestra única arma, estamos desarmados, perdidos, a la deriva. Definitivamente, desempalmados.


“Una verdadera educación:
No te enseñará a competir, te enseñará a colaborar.
No te enseñará a pelear por llegar el primero. Te enseñará a ser creativo, a ser dichoso, sin compararte con los demás.
No te enseñará que sólo puedes ser feliz si llegas el primero: es una estupidez. No puedes ser feliz simplemente por ser el primero, y al intentar ser el primero sufrirás tanto que cuando lo consigas te habrás acostumbrado al sufrimiento”.
                                                                                                                                              Osho


Amanda Flores



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