domingo, 29 de octubre de 2017

TODO SOBRE MI MADRE





Las fechas de nacimiento de mi madre y la de su viaje apenas cuentan con una semana de diferencia. Los últimos cinco días de octubre recogen la llegada y partida de este mundo de alguien irrepetible.
Una de mis lectoras-amigas de Argentina, tras una breve pero intensa charla virtual, me conminó a reencontrarme con la niña que hay en mí. Me instó a acercarme a ella, a perdonarla, a quererla y, sobre todo, a comprenderla. Y estoy en ello. No te olvides de tu niño interior. Perdónate. Ámate. Mímate. Diviértete.

Hace 14 años que mi madre partió y, sin embargo, cada día está más presente en mi vida. No solo porque siento que me protege desde donde quiera que esté, sino porque día a día, mes a mes, año a año, los avatares de la vida me llevan a confeccionar el puzzle sanador que, pasito a pasito, me libera de todo lo innecesario que voy acumulando a lo largo de mi existencia. Llevo, desde siempre, aun sin saberlo, atando cabos. Componiendo un rompecabezas que comienza y acaba con la mujer que, no sólo  me regaló la vida, sino que ha sido y es, ahora, más que nunca, un referente para lo que hago o dejo de hacer. Para, por qué no, no repetir su historia. Para tener mi propia identidad. Mi madre es un modelo de señorío, de sabiduría, de generosidad. Lástima que algunas cosas las aprendamos cuando la experiencia es algo innecesario porque ya no nos hace falta. Aunque la sabiduría no tendría cabida sin la ignorancia, eso también es verdad...
Mi madre fue una mujer adelantada a su tiempo. Nació en el seno de una familia numerosa y machista, como correspondía en la época. Fue autodidacta. De vez en cuando me contaba que el primer libro que leyó fue el de Genoveva de Brabante, la heroína de una leyenda medieval falsamente acusada y repudiada por el testimonio de un pretendiente rechazado. De vez en cuando me lo contaba y en sus ojos se encendía un llama de melancolía, como si, en cierto modo, se reconociera en el personaje de la primera novela que leyó ella solita.
Mi madre se sacó el carné de conducir después de haber parido y cuidado de siete hijos, prácticamente sola, dado que mi padre viajaba mucho por su trabajo. No tenía titulación académica alguna, su escritura era irregular en los trazos, tenía faltas de ortografía. También tenía un afán de superación como pocos, por eso cuando yo tenía cinco o seis años me agarraba de la mano y me llevaba con ella a la autoescuela para sacarse el teórico del coche. Y aprobó. Y también el práctico; aunque conducía muy poco mientras mi padre vivía. Cuando mi padre murió, dejó siete hijos y una viuda fiel de 46 años que vendió el coche familiar y lo cambió por un seiscientos que no dejó de conducir hasta que la enfermedad se lo impidió.
Mi madre fue como un sepulcro, durante muchos años, de secretos de familia que no desvelaba para preservar la unión entre sus vástagos. Aunque su esfuerzo no obtuviera los resultados deseables.  Hasta que la adultez nos ha hecho conscientes (a algunos)  de lo que significa haber sido parido y/o cuidado por una mujer como mi madre, nacida durante una época con tan pocas posiblidades de desarrollar su potencial y, sin embargo, con una mente brillante y generosa.
La recuerdo tratando de ayudar a las personas; escuchando o dando consejos por teléfono a la gente de su entorno que la necesitaba. 
Durante mucho tiempo le reproché las decisiones que había tomado por mí durante mi niñez. Luego, ya de mayor, nos perdonamos y respetamos mutuamente.
Vivió durante muchos años devorada por una enfermedad degenerativa, invisible, que la convirtió en una gran incomprendida. Tenía siempre tan buen aspecto, la jodía...
La recuerdo siempre leyendo de noche con la lamparita encendida; lo mismo un libro, lo mismo el ¡Hola!. La observaba cuando leía, mientras se me caían los ojos, a su lado, las noches que dormía con ella, durante los largos viajes que hacía mi padre al extranjero por motivos de trabajo.




Mi madre me habló un día de un niño llamado "Manolito gafotas", de la gracia que le hacía. Me contó que el personaje se lo había inventado una escritora que salía por la radio que era muy divertida. Escuchamos juntas algún programa de radio en el que Elvira Lindo daba vida a un niño de Carabanchel (alto) y ya nunca pude desvincularme de ellos. Desde entonces, comencé a seguir a la autora en sus artículos semanales de "El País" o en los libros que iba publicando. También comencé a experimentar en mí el gusanillo de ser escritora, más allá de los tristes poemas que escribí durante mi niñez y adolescencia. Yo había venido aquí para escribir.
 "Yo y el imbécil", "Pobre Manolito", "Los trapos sucios" o " Manolito Gafotas", forman parte del repertorio de ejemplos de cómo comunicar, entretener y hacer reír mediante ese arte, al alcance de tan pocos, del manejo de la ironía. También forman parte del muestrario de títulos que comencé a leerle, cuando fui madre, a mi retoño, desde que tenía pocos meses de vida. Cuando aprendió a leer, a veces , leíamos extractos de los libros, juntos, por pura risa. Y lo comentábamos y dramatizábamos haciendo el teatrillo. Compartir con tu hijo la lectura de un libro y reírse sin parar ante las ocurrencias del protagonista y de su hermano pequeño, "el imbécil", es algo especial y maravilloso. El legado de mi madre, en ese sentido, es también el mío a mi descendencia. 

Mi madre acabó su ciclo vital un 27 de octubre por la noche, hace 14 años, pocos días antes de su 72 cumpleaños. Ese día estuvo lloviendo furiosamente todo el tiempo; la lluvia apenas me dejaba ver el paisaje a través de los cristales de la ventana del hospital donde estaba junto a ella. Su corazón ya estaba muy débil. Me preguntaba por todo el mundo, quería verlos a todos. Con los años, he comprendido que ella sabía que se moría y quería despedirse de todo quisqui, aunque ese día no vino nadie, hasta la noche, que llegó mi hermano a relevarme y, mi hermana, que vivía en otra ciudad y se encajó allí porque se olía el final de su gorda, con la que estuvo hablando por teléfono casi todo el día. Pudo despedirse de ellos y de paso, aprovechó el rato que me fui para morirse. Eso también lo he comprendido con los años.  No quiso darme ese disgusto y me regaló su recuerdo viva tras un largo y tranquilo día de confidencias entrecortadas. Me regaló su recuerdo tal y como la dejé, dormitando en la cama de hospital con ese lustre que tenía en la cara, serena,  y con una media sonrisa diciéndome bajito "nos vemos luego".





Podría escribir sin parar sobre la mujer que me puso en este mundo. No podría, aunque quisiera, contar todo sobre mi madre, porque no sé casi nada. Cada persona es un mundo. Aunque tampoco se trata de eso; se trata de agradecerle, de decirle, de alguna manera, que estoy integrando en mí su legado; que gracias a ella he comprendido que los dos días más importantes de nuestras vidas son, el día que nacemos, y el día que descubrimos para qué. Que me estoy perdonando, queriendo y, sobre todo, comprendiendo. Que si yo cambio, todo cambia. Se trata, de darle las gracias porque nada de lo que estoy viviendo, escribiendo, tendría sentido ni sería posible sin ella. 
Feliz aniversario, mamá. Feliz cumpleaños, Dolores.



Para ti, mi madre, este glosario de enseñanzas que me dejaste. Sé que te gustará . De la niña que hay en mí.





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