martes, 1 de enero de 2019

ALGUNOS MATRIMONIOS ACABAN BIEN; OTROS DURAN TODA LA VIDA




Anoche acabó un año que para mí  pasará a los anales de la historia. Un año para olvidar los malos ratos vividos, y a la vez, para recordar los logros. Un año en el que ha pasado de todo. Pero de todo. La tesitura de quedarme sin un techo bajo el que vivir ha sido uno de los de todo a los que me refiero. He vivido situaciones surrealistas. De maldad, de mentira, y también de magia. Como practico fervientemente el aforismo de que “Todo sucede por algo” no me queda otra que pensar que todas estas situaciones y personas han ocurrido o venido para enseñarme algo.

Anoche, en menos de dos horas, el Universo dispuso para mí, como si de la película ¡Qué bello es vivir! se tratara, que presenciara como espectadora  dos escenarios diferentes con un mismo fondo. Antes de acudir a cenar al sitio donde estaba invitada me presenté sin avisar en casa de una amiga. Sabía que se encontraba baja de ánimo y quise regalarle un poco de alegría. Eran las nueve de la noche y su casa estaba en perfecto estado de revista para celebrar la última cena que pasarán como una familia “estructurada”. Ella y su marido se han divorciado. En breve uno de los dos dejará el hogar familiar y el divorcio será una hecho. Aún así, la tristeza soterrada que desprendían los ojos de la ya ex pareja, el cariño, la concordia y, sobre todo, el respeto entre ambos, hicieron que la media hora de mi visita, y la copa de cava de degusté en la cocina de las confidencias me supieran a un poquito de  gloria.

Cuando llegué al otro escenario, donde cenaría y recibiría el nuevo año, me encontré con viandas exquisitamente dispuestas sobre una mesa para cuatro comensales: un niño-hombre estrenando mayoría de edad, sus padres, y yo. La singularidad es que sus padres llevan divorciados quince años. Por motivos de trabajo él vive en otro país y no se quería perder el cumpleaños de su hijo en estas fechas, así que su ex mujer y madre de la criatura invitó a compartir la mesa de Navidad y  fin de año a su no marido y  padre de su hijo. La imagen que tengo grabada del tiempo que duró la cena hasta que me marché, es la del abrazo que se dieron padre e hijo para felicitarse el año nuevo. Y también la discreta cara de satisfacción de mi amiga por propiciar el momento.

Me marché poco antes de la una de la madrugada. Solo tenía ganas de llegar a casa. Me sentía un poco trastornada. Como si hubiera visto dos películas simultáneamente desde la fila veinte sin tener siquiera a mano una botella de agua para remojar mi garganta de los dos cartuchos de palomitas, uno por película, que me había zampado a palo seco.

 Sí, en este año que ya se fue me ha pasado de todo. De tanto. Tantísimo. De toda esa vorágine, hay un momento que se ha quedado clavado en mi retina, en mi corazón, en mi cerebro. Algo tan duro que trato de sanar para que no perturbe lo que me queda por vivir, que intuyo y auguro que va a ser mucho y bueno. Se trata del día que acudí a un juicio en calidad de demandada.  La persona con la que conviví durante más de tres lustros, a la que conocí sin oficio ni beneficio, con la que pasé toda clase de penurias, a la conllevé para que consiguiera y posteriormente ascendiera  en su trabajo, y a la que dejé con una casa puesta con mi trabajo y dinero; la misma persona que percibe un sueldo que sobrepasa los 60.000 euros anuales, me interpuso una demanda para retirarme la pensión compensatoria que de mutuo acuerdo estipulamos  cuando nos divorciamos hace casi diez años,  exclusivamente, por la imposibilidad de acceder al mercado laboral que conllevaba mi estado de salud.  Nada más. Una demanda llena de descalificaciones, insultos y falsedades tan malintencionadas como innecesarias.

El momento tiene lugar el día del juicio. La hija que tenemos en común el demandante y yo está esperando en la puerta de la sala en la que se va a celebrar la vista. Es la primera vez que la veo en tres años. Está allí de pie, como un ariete dispuesto a arremeter contra mí. El juez ni siquiera le permite la entrada en sala. Pienso en los hijos que se venden al mejor postor, a lo perdidos que flotan  en una ingravidez emocional durante años hasta que se encuentran, si es que llegan a encontrarse, inoculados por el odio e incentivados por la billetera de uno de sus progenitores. Me produce compasión verla ahí. El resto del cuadro es dantesco. Su padre va acompañado junto a la que exhibe como su pareja. Ambos se presentan con el estilismo propio de una gala de entrega de premios de Mujeres Y Hombres Y Viceversa. El dinero compra muchas cosas, entre las que no se encuentran la integridad, el buen gusto o la decencia. Es una situación bochornosa. Bochornoso es el único calificativo que se me ocurre. Y no por las indumentarias y la cara de dientes dientes que gasta la aspirante a dueña de la casa, sino porque debería de estar prohibido que un progenitor acuda con su hija como testigo principal contra su madre en un juicio por dinero. El que ambos ex cónyuges acordaron en un momento dado. Sí, debería estar prohibido y constituir delito que un progenitor utilice a su prole para arremeter contra el otro progenitor en ese tipo de asuntos, para que no se dieran situaciones absolutamente contra natura, aberrantes y denigrantes (todavía más) para el que las lleva a cabo. Menudo modelo y ejemplo le está dejando como legado a su descendencia.

Como he escrito casi al principio de este improvisado ejercicio de auto sanación con la escritura como terapia, cuando llegué a casa , estrenando año, me metí en la cama muy trastocada por las dos situaciones que me había puesto el Universo en menos de dos horas. Supongo que con mi sanación vendrá la de aquello que quiero tanto, así que trato de interpretar las señales y, aun esgrimiendo mantras como,  Todo pasa por algo, Las cosas pasan porque todo lleva una lección que debemos aprender, y cosas así, no puedo dejar de confesar que, a veces, una está un poquito hasta el mimísimo coño de que el Universo le ponga situaciones tan contra natura como surrealistas - ya sea en la fila veinte o en el escenario - para aprender la lección. Qué bello pero qué duro es vivir a veces...

La lectura que doy a lo de ayer después de presenciar en vivo y en directo , antes de despedir el año, es que la vida me estaba espejeando lo que es o debería ser lo normal, y no la barbaridad que he vivido durante tantos años. La vida me estaba mostrando lo que SÍ debe ocurrir entre personas civilizadas, con educación y, sobre todo, entre buenas personas, aunque hayan puesto fin a su matrimonio.

“ Algunos matrimonios acaban bien; otros duran toda la vida”, es una frase que se atribuye a Woody Allen  y , en mi opnión, encierra mucho más que una simple ironía...
Y dicho esto, paso página y cambio de libro. Me esperan 365 días llenos de aventuras. La primera, hoy, comenzando el año con lo que más me gusta hacer, que no es otra cosa que escribir.
Feliz Año Nuevo. Os deseo Felicidad.





El Diario de Amanda Flores (Solo para valientes). Todos los derechos reservados. All rights reserved.

jueves, 1 de marzo de 2018

EL IMPERATIVO MORAL




Atar cabos puede llevar un momento o un montón de años pero tarde o temprano da sus frutos y cuando lo hacemos alcanzamos plena consciencia de lo ocurrido y comenzamos a no ser tan vulnerables; la energía que antes derrochábamos a fuerza de dar palos de ciego ahora nos hace actuar con eficacia y tomar decisiones en nuestra vida. 
Alguien que conozco me llamó para charlar. Su matrimonio dejará de serlo en breve. Hace años leyó un libro que distorsionó sus credos; el texto, que se publicó hace más de dos décadas, ponía como ejemplo de familia desestructurada la que carecía de uno de sus progenitores.
La persona del matrimonio agonizante me preguntó si yo creía que si el hecho de que hubiera perdido a su padre cuando apenas era un niño le convertía en parte de una "familia desestructurada”. Además, se cuestionaba si ese hecho tendría algo que ver  con el alto índice de fracasos matrimoniales de sus hermanos.
Cuando terminé de escuchar sus argumentos le respondí que a mi modo de ver hoy en día no podíamos hablar de "familias desestructuradas" por la muerte o ausencia de alguno de los progenitores, y que el modelo  tradicional de familia había sufrido  un proceso de transformación, que ahora existen otros patrones:
Padre + padre + hijos; madre + madre+ hijos; madre + donante de esperma + hijos; persona/s + mascota/s; padre + hijos… Y así un montón de combinaciones. Sin contar con abuelos, parientes, amigos, y en fin, no sé, todo aquello susceptible de formar parte de una familia
 También le dije que, en mi opinión, los fracasos matrimoniales están muy relacionados con lo que Profesor Primo Levy retrata en un extracto de la película de Woody Allen “Delitos y faltas”. Dice lo siguiente:

"Lo que pretendemos en realidad al enamorarnos es una paradoja muy extraña. La paradoja consiste en el hecho de que al enamorarnos estamos buscando el reencuentro con todas o algunas de las personas a las que quisimos de pequeños.
 Por otra parte, le pedimos al ser amado que corrija todos los errores que aquellos lejanos padres o hermanos cometieron con nosotros, así que ese amor contiene en sí una contradicción: el intento de volver al pasado y el intento de deshacer el pasado."

En mi opinión, esta paradoja tiene mucho sentido. En cualquier caso, también creo que existe algo llamado Imperativo moral que puede tomar dos caminos. En primer lugar: el que dicta la mayoría de la sociedad, que consiste en aguantar toda la mierda que nos echen encima con tal de formar parte de familias  socialmente saludables, ordenadas y estructuradas como escaparates de vida feliz.
Y en segundo lugar: el camino que uno mismo decide tomar, que puede conducirnos a ser personas con valores diferentes a los que impone la ciudadanía.
Lo de “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, transmutaría en este caso por  “No hay ciego más feliz que el que no quiere ver”. 
Por mi parte - acabé revelando a la persona que me pidió su opinión -  yo creo  que la segunda opción es la más saludable para uno mismo y también para los que le rodean.
Lo de seguir intentándolo a fuerza de poner parches en nuestra vida como si de un neumático viejo se tratara lo dejo para los que prefieren la primera.
"Para gustos, colores, aunque sigo pensando - acabé - que a pesar de sus inconvenientes, lo que de verdad no tiene precio es el valor de la libertad de elegir la moral a secas. Sin imperativos."
Y dicho esto, ¿Hasta dónde te permites volar?...





A los que quieren volar.