Desde chica tuve muy claro que lo
que más me gustaba del mundo era escribir. Un día leí un artículo de Elvira Lindo titulado La bien pagá y para cuando terminé
de leerlo ya había decidido que a partir de ese momento mi deseo de escribir
se convertiría en mi sueño.
A pesar de que las circunstancias que me rodeaban
no eran las más favorables para llevarlo a cabo, tenía muy claro que a los
sueños hay que dejar que la vida los acune como algo muy valioso; hay que
pensarlos, visualizarlos, amarlos y, sobre todo, no renunciar a ellos.
Que la pobreza se hereda es la profecía autocumplida de quienes se conforma con lo que les ha tocado vivir. A veces es infranqueable, pero no siempre tiene por qué cumplirse. Las estadísticas dicen que si eres
pobre no sólo estás jodido tú, sino que tu prole se puede dar también por jodida y no tendrá
ninguna oportunidad, lo que viene a significar que la única
pobreza que existe es la material, cuando en realidad, son más
perjudiciales las pobrezas de mente y de espíritu.
Yo no he vivido en una chabola,
ni en una favela, ni siquiera en un barrio marginal, tampoco he atravesado el
océano en una patera, ni he tenido que huir de mi país por la guerra, pero eso
no significa que ni muchas personas que
conozco, ni yo misma, lo hayamos tenido
fácil para salir adelante. Por mi parte, la mayoría de las veces, no he hecho
nada más que seguir el ejemplo de personas admirables como mi madre, por muchas diferencias que tuviera con ella.
El artículo de Elvira Lindo que
mencioné al comienzo estaba lleno de perlas hilarantes, de bofetadas sin mano dirigidas a todos los que han criticado
su manera de escribir. La bien pagá
contiene párrafos llenos de ironía y de frescura como el siguiente:
“(…) le pedí a Dios que me hiciera escritora de best-sellers (…) y le
pedí que, por favor, no me costara trabajo escribir, que no quería ser como
esos escritores de culto que se tiran un mes para escribir una frase. Y me lo
concedió. Por eso me encargan que escriba todos los días de agosto. Y gano
mucho dinero trabajando muy poco, que es lo que yo quería. No hay día que pase
que no mire al cielo y diga: gracias Dios mío por este chollo que me has dado.
Y el hombre agradece que en este mundo tan deshumanizado alguien se acuerde de
él."
Lo cierto es que servidora nunca ha pretendido ser una escritora de
culto, de esas que cuando terminas de leer una frase no tienes ni puta idea de
lo que ha querido decir su autora. Yo quería algo más simple, menos complicado,
por eso decidí que mi sueño no sería llegar a ser una escritora de premio Nobel
de literatura, sino ser una escritora que tendría una columna semanal con un nombre
chulo. Una sección donde yo escribiría como si nadie me fuera a leer. Ese fue
el sueño que decidí alimentar. Y, ya
puestos, que me ocurriera lo que a la creadora de Manolito Gafotas: ganar mucho dinero haciendo lo que me gusta.
El caso es que la semana pasada
asistí a la presentación de una revista semanal, durante la cual recibí un baño
agridulce de realidad. Parece ser que todavía hay gente
dispuesta a perseguir sus sueños. Además, parece ser, que la pobreza se hereda
también en el periodismo.
Durante la presentación de la
revista estaba rodeada de periodistas y pensaba, que el hecho de que yo no
tenga el título de periodismo no me impedía asistir a un acto como colaboradora de un diario digital en el que tengo
una columna semanal. Una columna que tiene un nombre chulo y donde escribo como
si nadie me fuera a leer. Una columna no remunerada económicamente pero que
simboliza que mi sueño se ha convertido en realidad. Aunque en lo concerniente
a la pasta gansa, tal y como está el patio, creo que he llegado tarde. O demasiado
pronto, según se mire.
Sigo convencida de que no hay
peor pobreza que la pobreza mental; ese tipo de pobreza que nos hace conformarnos
con lo que tienen planificado para nosotros desde que estamos en el vientre
materno hasta que nos convertimos en
códigos de barras. Si la pobreza se hereda también se heredan los apellidos;
el llamarse como el padre o la madre; se heredan la carga genética de los
progenitores y también sus deudas cuando fallecen. Se heredan derechos y
deberes, que muchas veces convierten nuestra existencia en una verdadera
cárcel.
¿Por qué no tener en cuenta que uno puede
desear NO heredar? ¿Por qué no contemplar que a veces uno NO está
conforme con su herencia y prefiere renunciar a ella y a todo lo que conlleva?
¿Por qué no intentarlo y NO conformarse con los datos de unas estadísticas que
condenan al pobre a pobreza perpetua?
No rendirse sin haberlo
intentado es el mantra que siempre he contemplado. Lo de bien pagá, o bien pagados, puede tener
muchos matices. Aunque, por otro lado, ¿quién dice que los sueños no tienen
segundas partes?
Ya puestos, también se lo pediré a Dios. Al
fin y al cabo, el noventa por ciento del éxito se basa simplemente en insistir.
