Querido diario
Últimamente no he escrito todo lo que me habría gustado, aunque considero que no por escribir mucho tiene uno más cosas interesantes que decir. Lo cierto es que estoy atravesando una etapa vital que solo el tiempo puede cicatrizar y me conformo diciéndome que es mejor ir lento pero sin parar, algo así como tener constancia, esa virtud que me adjudica mi dentista.
Es curioso lo que te puede llegar a conocer alguien que lo primero que hace cuando te ve tumbada sobre la camilla en su consulta es anestesiarte la boca y luego ponerse a manos a la obra dentro de tu hocico abierto e inmovilizado como si le hubieran colocado un cepo.
Será porque
él también es muy constante y observador su intuición se eleva al cuadrado y eso le lleva al conocimiento, que puede estar muy bien para el resto del
mundo, aunque a decir verdad, lo que ganó mi admiración y cariño hacia su persona
es que me mostró compasión en mis momentos estelares, y continua haciéndolo cuando
la ocasión lo requiere en lugar de exigirme fortaleza o súper poderes como
suele hacer la gente en general, básicamente por desinterés, por comodidad o por todo junto.
De sobra sé que la verdad no siempre es bien
apreciada y que la gente no quiere oír otra cosa que no sean banalidades, por
eso aprecio tanto su habilidad de ver lo invisible a través de una boca abierta
y muda como la de Belinda.
A veces un fuego inesperado (o no tan inesperado) prende la mecha del discernimiento de una mente altamente sensible, atascada, la mitad del tiempo por su cuerpo y la otra mitad por su subconsciente que no sabe qué le ocurre, hasta que un día, frente a un café, alguien te lee un poema que retrata lo que sientes, lo que has sentido: lo que eres. Y mientras el autor recita en voz alta su creación, el corazón se te encoje tratando de no llorar como una burra todo lo que te gustaría llorar a chuzos sin que los de la terraza del bar te miren como a una lunática.
A veces con
mucha suerte, un fuego inesperado también puede
ser el título del breve poema cuyo autor y amigo me descubrió para dejar entrar en mi corazón esa compasión (como la de mi dentista), tan necesaria como el amor propio, para
aliviar la invisible y pesada carga que cada uno de nosotros soporta y que una sociedad
tan indulgente como ciega ante la barbaridad se empeña en normalizar .
UN FUEGO INESPERADO (Autor: Ricardo Rodríguez)
Un fuego inesperado
ha dejado la
casa medio en ruinas,
y estas
páginas fueron
lo único que
pude rescatar del olvido:
un espejo
hecho añicos que devuelve
mi imagen
fragmentada,
el reloj
inservible y caprichoso,
una cajita ingenua cuya música suena
entre oscuros escombros, despojos y ceniza…
Yo sé que
esto es muy poco,
que estos
restos apenas
si son una
plegaria cansada y repetida.
Pero con
polvo y agua se hace el barro,
y en barro se
modela la mirada de un hombre.

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