jueves, 27 de octubre de 2016

ACERCA DEL DESTINO



"Nadie está aquí para cumplir tu sueño. Todo el mundo está aquí para cumplir su propio destino, su propia realidad"

 - Osho -





A mi madre

miércoles, 6 de julio de 2016

CONI







Yo estaba tomando algo refrescante en la terraza de un bar cuando pasó por delante de mí. Nos miramos y en pocos segundos supimos que nuestras vidas ya nunca volverían a ser las mismas.
 Su porte elegante delataba que descendía de una estirpe procedente del noroeste de Europa; su madurez le hacía rezumar seguridad en cada pisada que daba, sin quitarle emoción a sus actos. Me cautivó su serenidad. Lo nuestro fue amor a primera vista. Un flechazo. Ocurre cuando no escondemos lo que realmente sentimos bajo un manto de palabras escogidas para la ocasión, cuando nuestros ojos insinúan, gritan, mucho más que un millón de palabras que describen la crudeza de los hechos. Cuando los ojos de quienes se miran dicen tanto, no importan los idiomas. Desde el minuto cero nos entendimos con la mirada, por eso no nos hizo falta un diccionario para comprendernos

              "Quien no entiende una mirada jamás entenderá una larga explicación"

Todavía no hace un año que llegó a mi vida y nunca imaginé que me la cambiaría tanto ni que me brindaría momentos tan felices. Cada mañana, con las claritas del día, me enseña a descubrir  diferentes amaneceres. Los olores de la lluvia, del rocío sobre el césped del parque; los diferentes colores de la hierba y de los árboles según la época del año. Su carácter atrae a personas maravillosas llenas de buena energía, entre las que estamos encontrando amigos con intereses comunes.

Mi querido compañero llegó a mí de una manera muy especial. También hace mi vida cada día más especial y presiento que va a ser así durante mucho tiempo. Sí... nunca imaginé que mi perro pudiera llegar a ser tan terapeútico, ni que llegara en un momento tan importante de mi vida, ni que me arrancara lo más parecido que he hecho a una carta de amor desde hace mucho, mucho tiempo. Porque es eso, el TIEMPO, lo más importante que tenemos para compartir.
 Tiempo, con la certeza, ahora sí, de que él no es de los que se cuelan sin invitación, se despiden a la francesa, o regala títulos de cornuda.

A Coni, mi perro.





TE DESEO TIEMPO   

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte,
si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar
no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas
sino para que siempre estés content@.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra, 
sino para que te quede:
tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza
y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas
y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar,
no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo mism@,
 para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.

Te deseo de corazón que tengas tiempo,
tiempo para la vida y para tu vida.


Elli Michler (1921-2014) escribió este bello poema 1987.






martes, 31 de mayo de 2016

POLÍTICAMENTE INCORRECTA





Es domingo y está amaneciendo. Llueve copiosamente. Parece como si la lluvia fuera una señal para detener en seco la fiesta. Una señal para limpiar la atmósfera y hacer borrón y cuenta nueva. A veces las señales llegan de un modo casi imperceptible, aunque eso poco o nada importa si no se está preparado para descifrarlas, o cuando el concepto que se tiene de ”señal“  es el de prohibido adelantar, aparcar, o circular a más de 80. Y aun así, ¿quién hace caso a las señales?

La última vez que me vistieron de gitana apenas tenía 10 años y mis progenitores aún vivían. No tengo ni idea de dónde puede estar la foto que lo constata. No sé si es políticamente correcto decirlo, pero me figuro a mis padres bastante decepcionados conmigo por haberles salido rana y no haber continuado con una tradición por la que Jerez, la tierra del vino – ese gran desconocido -  es célebre mundialmente.
Ya no hay fotos en papel; en la era de la tecnología y de la desinformación instantánea nos basta un teléfono móvil para  tomar fotos digitales o videos que retratan con pelos y señales lo que está sucediendo. Y los colgamos automáticamente en la red social de turno para mostrar al universo internauta, al mundo, lo contentos, felices o pedos que estamos.
 Lo que cada uno ve en esas imágenes es asunto suyo, pero  la mayoría  gusta  de interpretar un mundo de luz y color en torno a esa felicidad postiza que se vende como el estado ideal para el cuerpo y la mente.

El último documento digital que acredita mi paso por la feria de Jerez data del pasado sábado durante el alumbrado de la misma; aunque el resto de los días no hago acto de presencia por allí -  por diversos motivos - , me gusta asistir cada año al pistoletazo de salida del Show – nunca mejor dicho -. Adoro ese momento en el que una explosión de luces y colores aparece en la negrura de la noche y todos los allí presentes, al unísono, comenzamos a aplaudir. Es muy simbólico para mí; en cierto modo me recuerda a las puestas de sol del Sajorami, donde gente con una vibra mágica se desparrama por la arena de la playa y espera sonriente a que el sol se oculte y romper en aplausos, ante ese espectáculo de la naturaleza durante el que todos nos sentimos uno.

A excepción del “momento alumbrado” y “momento puesta de sol” me resulta bastante complicado ubicar situaciones similares, de “todos a una”, entre una masa, que no sólo va a su bola, sino que no tiene ni idea  de a dónde conduce esa especie de huida hacia ninguna parte que se ha apoderado, ahora más que nunca, de eso que vino a llamarse “humanidad”.

No sé si será políticamente correcto, pero es ahora, más que nunca, cuando siento algo más que sonrojo por el espectáculo que ofrecemos ante el mundo y por el que nos sentimos tan orgullosos (caballos, vino, trajes de gitana,  poderío,  diferencias de clases notorias, modelitos imposibles, violencia en las calles del Real,  explotación de quienes quieren sacar un dinero extra trabajando en las casetas...).  Un derroche de fiesta y tronío  inversamente proporcional a las estadísticas que declaran a Jerez como la gran ciudad con mayor tasa de paro de la zona EURO. Está claro que algo no cuadra.

Llama la atención lo perfectamente sincronizados que estamos para  pasarlo bien cuando se nos indica, ¿hasta ese punto nos hemos vuelto obtusos que nos tienen que decir cómo y cuando podemos divertirnos…? Incluso hay un día especial dedicado a las mujeres; parece como si muchas de ellas, esclavas del machismo imperante,  obtuvieran el pase pernocta del marido y de la sociedad para tener barra libre y ser las reinas del baile por un día, dentro, eso sí,  de un recinto cerrado donde puedan estar controladas. ¿Por qué el día “de las mujeres” y no el día de” la exaltación al traje de flamenca”?, es un suponer. Se eliminaría cualquier atisbo de machismo en una jornada de un miércoles que no ha logrado figurar en el libro Guiness de los récords por el mayor número de mujeres vestidas con traje de flamenca. Qué disgusto.

Apenas ha pasado un lustro desde que se produjeron en nuestra ciudad huelgas salvajes de todo tipo; de estar en el punto de mira de la prensa internacional, no sólo por la corrupción y el disparate político por el que somos conocidos mundialmente, sino por la docilidad con la que hemos suplantado nuestros derechos -  y también, por qué  no, nuestros deberes -  por el “dame pan y dime tonto”, o por el “dame feria, fútbol, semana santa, lo que sea,  y dime lo que quieras”. Eso deben de pensar los que ven todo tipo de imágenes circulando por la Red, y también la prensa nacional e internacional, a medida que van teniendo constancia del jolgorio desbocado, en lo que se presume “la mejor feria de la Historia”.
Si tenemos los ingredientes -  flamenco, turismo, vino, belleza e Historia -, me pregunto por qué el plato resultante es tan poco apetecible, tan escaso. Me apena ver la decadencia del lugar que me ha visto nacer, con cuyos ciudadanos profeso cada vez menos empatía.
Definitivamente, no creo posible una remontada. No creo posible que esta involución dé paso a la apertura mental necesaria para aplaudir, para estar todos a una, en otros momentos que no sean los del alumbrado de la feria.

No nos debería de coger desprevenidos si vienen vacas, todavía más flacas, y el resto del mundo se dirige hacia nosotros con aquel refrán que me soltó una amiga de “Graná”,  con toda la gracia del mundo:

 “A quien tiene cama y duerme en el suelo no hay que tenerle duelo”.

Ya ha amanecido. Está diluviando y no tiene pinta de que vaya a parar... Quien quiera verlo como una mala pasada de la climatología es libre de hacerlo. Yo me quedo con que es una Señal para que esto pare ya en seco, aunque mucho me temo que esto no lo para ya ni el diluvio universal. Y no se trata de que me guste o no la feria, se trata de que –  aunque me tilden de políticamente incorrecta – a estas alturas de la película,   no tengo el chichi pa farolillos.

Para el resto, que siga la fiesta.

Amanda Flores


miércoles, 11 de mayo de 2016

¿SERÉ YO, SEÑOR…?





No era un espejismo, no caminaba por el desierto, era real. Yo estaba parada en una de las aceras de la Avenida del colesterol - qué arte más grande tenemos por aquí hasta para ponerle mote a las avenidas  -  donde un alma cándida me iba a regalar una caja con joyas orgánicas de su limonero.

No me interesaba ver el desfile de moteros. A mí las motos me aturden mucho, la verdad, tanto como un niño revolcándose por el suelo y llorando para que su madre le compre un Kínder sorpresa. O como los empleados de todas las secciones del Mercadona berreando  las ofertas del día como si se acabara el mundo. No lo soporto, lo siento pero no soy de más carnes.

 El fin de semana motero me da más por saco que otra cosa, aunque entiendo que es una inyección económica para Jerez, la comarca por excelencia de los tabancos, que para eso somos la Tierra del vino. Jerez, bellísimo paraje hasta más no poder, donde verte venir un enjambre de motos o  cuatro caballos de frente es algo familiar y cotidiano, sobre todo, los sábados que es cuando suelen celebrarse las bodas en coche de caballos para mostrar al mundo el “somos felices y comemos perdices” de los novios.

 Eso fue justo lo que pensé entre el barullo de tubos de escape cuando vi aparecer frente a mis ojos, como a 50 metros, los pompones de color rosa palo que coronaban las cabezas de cuatro corceles engalanados con todos sus avíos. Detrás de los caballos, sobre el pescante del carruaje, dos señores con sendos pelucones Luis XV y levitas azules aterciopeladas  con adornos dorados, te daban una ligera pista sobre la sencillez, austeridad  y buen gusto de los contratantes de la parte contratada, no sé si me explico.

Eso fue también lo que pensé justo antes de ver a los ocupantes de la calesa. En total eran seis personas: cuatro niñas vestidas de domingo, una madre metida con calzador en un traje a medida - dos tallas menos - y para terminar, una niña-princesa-árbol de navidad como protagonista absoluta del cuadro. Cuando atiné a cerrar la boca, me percaté de que era una niña de primera comunión acompañada por su séquito. La guinda la puso el cartel que lucía la parte trasera del carruaje, donde se anunciaba la empresa que se dedica a cubrir eventos de ese tipo, una franquicia que se erige como el primer Spá infantil de Europa.

La página web de la susodicha no tiene desperdicio. Se anuncia como “un cuento hecho realidad”, un país para soñar donde las niñas pueden disfrutar, por ejemplo, de un circuito de tratamiento dentro de un ambiente de máxima relajación y confort -  para combatir el  estrés de las criaturitas, supongo -  donde podrán lucir vestuario y accesorios pensados para que se sientan en un mundo mágico.
Manicura, pedicura, masajes, peinados, desfiles, pasarela top model, celebración de cumpleaños con varios tipos de menús de lo más chic, son algunos de los servicios que se ofertan. Además, también han pensado en las futuras mamás y hacen fiestas party - las “Baby  shower” -  donde las señoras gestantes van preparando desde el vientre materno a su descendencia  para la llegada a un mundo de luz y color. Yupi.

Hay más actividades, pero la que sin duda  llama mi atención sobre el resto, es la llamada “Mi mamá y yo”, donde se invita a disfrutar a madre e hija de una tarde mágica en el país de las princesas y se subraya que este servicio contribuye a fortalecer los vínculos afectivos. Como dicen en mi pueblo: para mear y no echar gota.

Mientras termino de echar el vistazo a la página web del país de las princesas, visualizo de nuevo la escena surrealista acontecida en la avenida del colesterol. La presencié junto a  Pepelu Sánchez, un terapeuta holístico experto en terapias alternativas que se ha empeñado en crear consciencia entre la gente, impartiendo talleres de meditación o charlas - entre otras cosas - para transmitir, no su verdad, si no su sentir, algo muy de agradecer en los tiempos que corren, a pesar de que su actividad sea contemplada por unos como algo propio de gente que está aburrida, y por muchos, directamente loca.
 
La empresa del país de las princesas comulga con aquello que decía Dostoiesky de que “A veces conviene soñar”  y no sólo describe su dominio como un país para soñar, sino que argumenta que en la época de la tecnología, nuestras niñas necesitan un espacio de fantasía real y llamativo que invite a “una evasión diferente a la que se encuentra en la vida cotidiana”. Su filosofía – sentencia la presentación –  se asienta sobre “el modelo educacional de las pequeñas, relacionado con la salud, la alimentación y el bienestar”. Ahí queda eso.

Lo bueno de todo esto es que servidora ya no se siente como un perro verde. Ya no siento que formo parte de “esas rarezas”, sino más bien de la excelencia, sobre todo, ahora que empiezo a comprender mejor algunas cosas. Tal y como están el patio y la peña, hace mucho que dejé de preguntarme - cuando me asaltaban las dudas -  lo que Judas, más falso que un ¡a ver si nos vemos! en el Real de la feria, le preguntaba al Maestro en aquel chiste que pasará a los anales de la historia:

-        ¡¿Seré yo, Señor…?!

Pues visto lo visto, va a ser que no.




By Amanda Flores


viernes, 15 de abril de 2016

LA BIEN PAGÁ






Desde chica tuve muy claro que lo que más me gustaba del mundo mundial era escribir. Un día, hace bastantes años, leí un artículo de Elvira Lindo titulado “La bien pagá” y para cuando terminé de leerlo ya había decidido que a partir de ese momento mi deseo de escribir se convertiría en mi sueño.
 A pesar de que las circunstancias que me rodeaban no eran las más favorables para llevarlo a cabo, tenía muy claro que a los sueños hay que dejar que la vida los acune como algo muy valioso; hay que pensarlos, visualizarlos, amarlos y, sobre todo, no renunciar a ellos.

 “La pobreza se hereda” es la matraca que los medios de comunicación nos están metiendo con calzador desde hace unos días. Por todas partes. Es lo que toca. Ante la calamidad en la que nos hemos convertido, sólo queda ofrecer a la población reportajes sobre la pobreza y sus consecuencias en nuestros hijos. Es la manera de meternos doblada esa profecía auto cumplida.
El secreto está en que si lo repiten convenientemente, la población se conforma y se auto convence de que la situación está como está, no por la orgía económica y de intereses en la que estamos inmersos -  tanto la clase política, como el que trata de timar al vecino de enfrente -,  sino porque las estadísticas dicen que si eres pobre, no sólo estás jodido tú, sino que tu prole  se puede dar también por jodida y no tendrá ninguna oportunidad. Es una manera de querer hacernos creer que la única pobreza que existe es la material, cuando en realidad, para lograr que el ser humano se supere y esté preparado para afrontar nuevos retos, son más perjudiciales las pobrezas de  mente y  de espíritu.

Yo no he vivido en una chabola, ni en una favela, ni siquiera en un barrio marginal. Tampoco he atravesado el océano en una patera, ni he tenido que huir de mi país por la guerra, pero eso no  significa que ni muchas personas que conozco, ni yo misma,  lo hayamos tenido fácil para salir adelante. Por mi parte, la mayoría de las veces, no he hecho nada más que seguir el ejemplo de personas admirables que me han rodeado. Personas admirables como mi madre.
El artículo de Elvira Lindo que mencioné al comienzo, estaba lleno de perlas hilarantes, de bofetadas  sin mano dirigidas a todos los que han criticado su manera de escribir. La bien pagá contiene párrafos llenos de ironía y de frescura como el siguiente:

“(…) le pedí a Dios que me hiciera escritora de best-sellers (…) y le pedí que, por favor, no me costara trabajo escribir, que no quería ser como esos escritores de culto que se tiran un mes para escribir una frase. Y me lo concedió. Por eso me encargan que escriba todos los días de agosto. Y gano mucho dinero trabajando muy poco, que es lo que yo quería. No hay día que pase que no mire al cielo y diga: gracias Dios mío por este chollo que me has dado. Y el hombre agradece que en este mundo tan deshumanizado alguien se acuerde de él. “

Lo cierto es que servidora  nunca ha pretendido ser una escritora de culto, de esas que cuando terminas de leer una frase no tienes ni puta idea de lo que ha querido decir su autora. Yo quería algo más simple, menos complicado, por eso decidí que mi sueño no sería llegar a ser una escritora de premio Nobel de literatura, sino ser una escritora  que tendría una columna semanal con un nombre chulo. Una sección donde yo escribiría como si nadie me fuera a leer. Ese fue el sueño que decidí  alimentar. Y, ya puestos, que me ocurriera lo que a la creadora de Manolito Gafotas: ganar mucho dinero haciendo lo que me gusta.

El caso es que la semana pasada asistí a la presentación de una revista semanal, durante la cual recibí un baño agridulce de realidad:
Parece ser que todavía hay gente dispuesta a perseguir sus sueños. Además, parece ser, que la pobreza se hereda también en el periodismo, si lo que se pretende es hacer periodigno. Aunque eso no sale mucho en los medios de comunicación.
Durante la presentación de la revista,  estaba rodeada de periodistas, y pensaba, que el hecho de que  yo no tenga el título de periodismo no me impedía asistir a un acto, no sólo en calidad de público, sino como colaboradora de un diario digital en el que tengo una columna semanal. Una columna que tiene un nombre chulo y donde escribo como si nadie me fuera a leer. Una columna no remunerada económicamente pero que simboliza que mi sueño se ha convertido en realidad. Aunque en lo concerniente a la pasta gansa, tal y como está el patio, creo que he llegado tarde. O demasiado pronto. Según se mire.

Sigo convencida de que no hay peor pobreza que la pobreza mental; ese tipo de pobreza que nos hace conformarnos con lo que tienen planificado para nosotros desde que estamos en el vientre materno, hasta  que nos convertimos en códigos de barras. Si la pobreza se hereda, también se heredan los apellidos; el llamarse como el padre o la madre; se heredan la carga genética de los progenitores y también sus deudas cuando fallecen. Se heredan derechos y deberes, que muchas veces convierten nuestra existencia en una verdadera cárcel.

 ¿Por qué no tener en cuenta que uno puede desear NO  heredar? ¿Por qué  no contemplar que a veces uno NO está conforme con su herencia y prefiere renunciar a ella y a todo lo que conlleva? ¿Por qué no intentarlo y NO conformarse con los datos de unas estadísticas que condenan al pobre a pobreza perpetua…?

No rendirse sin haberlo intentado. Ese es el mensaje que se debería difundir. Lo de bien pagá, o bien pagados, puede tener muchos matices. Aunque, por otro lado, ¿quién dice que los sueños no tienen segundas partes?


 Ya puestos, también se lo pediré a Dios. Al fin y al cabo, el noventa por ciento del éxito se basa simplemente en insistir.



Amanda Flores

miércoles, 23 de marzo de 2016

CRÓNICA DE UN INCONSCIENTE






Esshhhpañoles… ¡mi televisor… ha muerto…! Snifff…

Ocurrió hace un par de semanas, mientras almorzaba y se me antojó ver el programa de corazón de la Igartiburu. De vez en cuando – y no lo digo por justificarme – me gusta ver el nivel de gilipollez que se nos adjudica a la población, con según y qué programas, y el de esta muchacha, en concreto, alcanza bastantes puntos.

No sé cómo ocurrió, sólo sé que estaba pinchando las judías verdes con el tenedor y cuando miré a la pantalla se veía todo en blanco, con unas sombras de fondo. Durante unos instantes me cuestioné si lo suyo sería llamar a un técnico o a Iker Jiménez, pero cuando apliqué la lógica, comprendí que iba a ser cosa del tubo de imagen del aparato, y también, que su pérdida me afectaba tanto como el estilismo de Ana Pastor. Creo que lo voy a vender a alguien que lo quiera arreglar; lo tomaré como una señal del Universo: me llegará por otra parte uno mejor donde ver las pelis que tanto me gustan. No me veo comprando uno nuevo, más que nada, porque el asunto del peculio lo tengo bastante regular, y prefiero comprar comida y pagar a los rateros que nos abastecen de luz, agua, y ese tipo de lujazos que la mayoría del rebaño pagamos cada mes, sin rechistar, aun sabiendo que nos están estafando by the face.

El caso es que estoy aprovechando para recuperar el tiempo de lectura de la ristra de títulos que tenía aparcados o empezados; eso es justo lo que le estaba contando a mi amiga María mientras colocábamos los libros en la estantería de su nuevo hogar, cuando, de repente, y con esa chispa que la caracteriza, sacó un texto de cualquier caja, y como una niña chica, con la sonrisa de oreja a oreja, soltó:

-        ¡¡Miraaa, llévatelo, tienes que leerlo!!

Nada más verlo, me encantó: 86 páginas muy despejadas, letras grandes y lo suficientemente ligero como para leer en la cama o transportar en el bolso. Eso viene a ser,  grsosso modo, lo primero que me atrae de un libro, para qué nos vamos a engañar. Lo del autor que lo escribe lo pongo siempre en cuarentena, porque todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor; y también, porque, visto lo visto, muchos escritores famosos, además de contar con su musa, lo hacen con un equipo de marketing y algún que otro negro que les aligera el trabajo mientras ellos o ellas se dedican a hacer caja por esos mundos de dios.

-        ¡Es el libro que más he regalado en mi vida! – continuó explicando mi querida amiga - ¡Y el tío que lo ha escrito es el de la librería de abajo! El otro día entré y le dije que me encantaba su libro y que lo regalaba siempre, y se me quedó mirando, atónito; fíjate tú, ¡¡que le digan eso a un tipo al que no conocen ni las águilas!! ¡Te va a encantar!

Desde luego esta mujer me conoce un poco y sabe, además de hacerme reír,  cómo ponerme la miel en los labios. Estaba deseando llegar a casa y meterme en la cama con él (con el libro); y eso fue lo que hice tras mi ritual de limpieza de cutis y aseo dental.

“Cuentos de un inconsciente”, escrito por Evaristo Montaño, nacido en 1960 en Jerez, se convirtió en una de esas revelaciones que tienes que contar al cosmos: la mayoría de las cosas que nos callamos de los demás y que el resto del mundo se pierde, son cosas interesantes. Muchas veces parece como si nos quisiéramos quedar para nosotros con lo bueno de las personas porque  vende más, a la hora de poner en alza nuestra popularidad, sacar fuera sus miserias o debilidades.
Abrí, curiosa, la primera página del librito. En la segunda pude leer:

“Soñar es despertarse hacia adentro"  -  Mario Quintana

“Hay otros mundos pero están en este” - Paul Eluard

Y a continuación, comienza el libro en todo su esplendor. No tiene prólogo, ni falta que le hace. Tras leer las cinco primeras líneas, suelto una sonora carcajada en medio de la noche, y cavilo que el tipo ha dado de lleno en la diana: el comienzo, el primer capítulo de un libro es esencial, porque si a los lectores no les gusta no leerán el resto del libro.

El primer cuento de “Cuentos de un inconsciente”, de Evaristo Montaño, se titula “El mercadillo de Oneirokriticá” y un extracto del mismo, dice así:

Entré en el mercadillo. Me paseé por él tranquilamente, observando los puestos y a sus vendedores. En uno de estos puestos un hombre con bigotes dalinianos vendía pescadillas de su propio huerto, recién cogidas del árbol. Intentó convencerme de que comprara algunas. Me dijo que eran ecológicas. Que él regaba sus árboles con auténtica agua marina y los abonaba con algas secas. No se las compré. Me pareció que estaban demasiado verdes: todavía no era el tiempo de las pescadillas.
Más adelante, un joven cariacontecido vendía hogazas de pan triste. Un pan que estaba hecho de recuerdos y añoranzas, de tiempos felices y amores perdidos. Tampoco le compré nada. Mi médico me ha dicho que lo evite, me sube mucho la melancolía.

Hace unos días decidí hacerle una visita para charlar con él; me contó que iba para profesor de Educación Física pero las circunstancias le llevaron a montar un gimnasio en el que estuvo trabajando  durante 20 años, hasta que se cansó de trabajar sólo para pagarle al banco. Le ha gustado pintar de toda la vida de dios, hasta que se dio cuenta de que tenía poco de pintor y mucho de Cuentista.

Me dijo que escribe, sobre todo, los sueños que tiene cada noche, aunque a veces le resulta complicado contar un cuento en el que tiene que describir un mar de gelatina. Se define como observador, introvertido, terco, peligrosamente cabezón, misántropo e hipocondríaco de los malos; en ese punto me paro a pensar que si no fuera porque le delatan su físico y su edad, servidora podría estar delante de la reencarnación del mismísimo Woody Allen; hasta que Evaristo llega al apartado en que también se define como un “hedonista que escribe por diversión”, y la verdad, no veo yo al actor, guionista y director de cine en esa coyuntura, sobre todo, en lo concerniente a los dineros.
Evaristo empezó a tomarse más en serio lo de escribir a los 53. Ahora tiene 56 años y ya ha publicado su primer libro. Trata de dedicar una hora al día a dibujar las ilustraciones de la que será su segunda obra y que tratará sobre La Gula, y también tiene en proyecto un tercer libro, más onírico y misceláneo.

Todo esto me lo cuenta en “La luna vieja”, la librería que ha montado en la calle Granados, en la que entra gente dispar, para curiosear o para preguntar por algún libro en concreto. De repente la conversación se ve interrumpida por una llamada a su móvil; el politono parece un rebuzno, pero luego me aclara que es la voz de Chewacca. Me quedo mucho más tranquila, la verdad. Y así podría seguir contando una interminable letanía de anécdotas y rasgos atípicos en alguien de Jerez.


Desde luego – pienso  para mí – así  da gusto que el televisor pase a mejor vida; da gusto tener amigos como María que te ilustran en campos que tienes justo al lado y que a veces te parece que están en otro planeta. Va a ser verdad lo que dice Paul Eluard de que “Hay otros mundos pero están en este”, sólo hay que rascar un poco y el azar, las causalidades y la necesidad de contarle al mundo lo que sabes, te llevarán un día,  como sin venir a cuento, a describir la agradable  sensación de descubrir otros mundos tan cercanos, y de paso, por qué no,  a escribir la crónica de un inconsciente.

Amanda Flores



martes, 1 de marzo de 2016

DESEMPALMADOS





Mi maestra de yoga es japonesa. Todavía me cuesta creerlo… creo por fin he encontrado mi lugar en el mundo. ¡Yupi!. Nada que ver con el surrealismo que vengo padeciendo desde que mi cuerpo me dijo que ya estaba preparado para la descompresión.

Hace unos meses estaba hecha, literalmente, un ocho. Recibí por correo electrónico la oferta del Groupon de 5 masajes por un precio irresistible. No me lo pensé dos veces y la compré.
No conocía el local y he de admitir que tenía ciertas reservas antes de llegar. Me llevé una grata sorpresa. Me pareció ideal. Decoración budista con velitas y todo ese rollito que me gusta tanto a la hora de calmar el cuerpo y la mente. Casi lloro de emoción.  Antes de pasar a la acción, el masajista -  que resultó ser el dueño -  me dijo que acababa de aterrizar por allí y que había apostado por expandirse junto a su mujer, esteticista de profesión. Lo que no me dijo es que mi masaje se acabaría convirtiendo en la escena del camarote de la película de los hermanos Marx. Allí entraba todo el mundo: su mujer, sus niños, su cuñada, un amigo que pasaba por allí para saludarlo;  todo dios descorría la cortina y entraba. Flipé tanto que ni reparé en que no me había depilado las piernas, con lo jhartible que soy yo para esas cosas.

Antes de volver para recibir mi segundo masaje le expliqué, amablemente, que estaba muy dolorida y que necesitaba tranquilidad durante el tiempo que duraba la sesión. Mientras se lo decía me resultaba bastante irrisoria la situación. Más o menos como si estuviera colgando un cartel de “Prohibido fumar” en la UVI de un hospital.
Al tercer masaje, ya tenía a su mujer y a su hijo de siete meses animando un poco la terapia. Ella, contando a viva voz su visita al pediatra, y el bebé correteando por la camilla donde me encontraba, boca abajo y con los nervios a punto de cristalizar.

Por la noche, después de prepararme una tila doble, pensé que el Universo me estaba enviando señales (a cañonazos) para que cambiara de actividad,  que lo suyo era practicarme yo misma la fisioterapia, así que cuando leí un artículo sobre los beneficios de practicar Chi kung - que no requería de grandes esfuerzos físicos -  no me lo pensé dos veces y me apunté en un gimnasio que imparte dicha actividad muy cerca de casa.
El dueño del gimnasio me invitó a la primera clase. Me encantó. La monitora, genial.  Por fin encontraba lo que tanto había buscado.
En mitad de la segunda clase sonó un teléfono móvil. Su propietaria atendió la llamada como si estuviera en plena calle. Sin cortarse. Al momento, fue invitada por la monitora a que saliera para continuar hablando. Esa misma situación con distintos matices se repitió durante el mes y medio que aguanté allí. El último día fue muy desagradable porque en plena meditación sonó una llamada de teléfono que su propietaria ni contestó, ni colgó.  A esas alturas yo ya me había dado cuenta de que  a mis compis de Chi-kung, una parte esencial de la clase, como es la meditación, les importaba lo mismo que los créditos al final de una película de Jean Claude Vam Damme.
Le pedí a la propietaria del teléfono que lo apagara durante la clase y me respondió, vociferando:

-        Yo lo sssiento pero tengo maleh en mi casa

Subtitulado, vendría a significar que no tenía intención de apagar su teléfono móvil, que ella tenía – supuestamente -  algún familiar enfermo, y que al resto del mundo y a mí nos podían ir dando.
Hablé con la monitora y me dijo que ya había pedido, muchas veces y por todos los medios, que apagaran los teléfonos móviles, pero que no había manera. Decidí hablar con el dueño del gimnasio y me respondió que me fuera a una clase de Pilates, que la monitora era muy buena...

 Cuando llegué a casa pensé que yo no podía cambiar el mundo, ni a las personas, pero que tampoco tenía por qué convivir -  ni siquiera un par de veces por semana -  con semejante falta de respeto.
Ayer, en menos de 24 horas viví 3 situaciones idénticas. No podía cruzar al otro lado de la calle porque alguien estaba aparcado sobre el paso de cebra. Cuando les pedí que se quitaran, no sólo permanecieron inamovibles, sino que una de las conductoras se bajó de su coche en plan Latin King, y fue entonces cuando comencé a sentir una profunda empatía por Michael Douglas en “Un día de furia”. No sé si me explico.

Mi perro y yo seguimos con nuestra particular huelga de ver informativos o algo que se le parezca. Ni falta que hace. Basta con asomar un poco el hocico a la calle para darse cuenta de que “La vida sigue igual” de Julio Iglesias, continua siendo top trending; que ésta no sólo NO es ciudad para jóvenes, sino que ha pasado a ser una aldea para viejos y personas que no tienen educación ni el menor interés por adquirirla. A veces tengo la sensación de que la fuga de cerebros es algo endémico en Jerez; que es  un lugar donde se viven los extremos: o se saltan los pasos de cebra o aparcan sobre ellos. Si te ven rodeada de personas es porque les interesas; si te ven sola, es que algo raro tienes. Si brillas es porque te lo tienes creído; si tienes educación eres tonta, pija o rara.

 Aquí no se habla,  se grita. Hasta en el súper. Hace mucho que dejé de ir a comprar a Mercadona. Lo que pasa allí no lo veo ni medianamente normal: te van aullando las ofertas por todos los departamentos como si no hubiera un mañana. Ni en la plaza  de Jamaa en Fna de Marrakech he presenciado algo parecido. Permitimos cosas que acaban convirtiéndose en normales.
De vez en cuando recuerdo a una vecina que tuve, una señora de ochenta y pico años. Tenía un rosario de enfermedades y una experiencia de vida como para quitar el hipo. Isabel comenzó a trabajar a los 8 años cuidando cerdos. No fue a la universidad; en las paredes de su casa no sólo no colgaba ningún máster sino que nunca llegó a aprender a leer ni  escribir; sin embargo su afán de superación la llevó a tener un vocabulario y unos modales que ya quisiera más de un premio Nobel… Nunca he conocido a alguien con una educación tan exquisita como la de Isabel.

Están dejando de importarme algunas cosas y me siento bien al respecto. Ya no veo posible concienciar a determinados núcleos de población de que sin educación quedan excluidos términos como humanidad, solidaridad, empatía, asertividad…

La educación es como una erección. Si la tienes, se nota.  Y si después de lo que hemos vivido, de lo que estamos viviendo, no se nos mete en la cabeza que la educación es  nuestra única arma, estamos desarmados, perdidos, a la deriva. Definitivamente, desempalmados.


“Una verdadera educación:
No te enseñará a competir, te enseñará a colaborar.
No te enseñará a pelear por llegar el primero. Te enseñará a ser creativo, a ser dichoso, sin compararte con los demás.
No te enseñará que sólo puedes ser feliz si llegas el primero: es una estupidez. No puedes ser feliz simplemente por ser el primero, y al intentar ser el primero sufrirás tanto que cuando lo consigas te habrás acostumbrado al sufrimiento”.
                                                                                                                                              Osho


Amanda Flores



viernes, 26 de febrero de 2016

TITIRITANDO

         

                                                  




Nueve semanas y media no es sólo el título de una película; también se ha convertido en el tiempo que dura mi  particular Gran Hermano. Sigo a dieta de informativos con música espeluznante y de programas de radio envenenados que destilan ideología política de uno u otro bando. Nunca me gustaron los bandos. Detesto el fanatismo exacerbado, el insulto gratuito; sobre todo, el gratuito. No creo en los extremos. Ni de un lado, ni de otro.  Estoy de acuerdo con que de vez en cuando se tienen que poner límites, más que nada, para que la gente no confunda un estado de bienestar con un Estado de barra libre. Como Joaquín García, campeón - por el momento -  en esta última modalidad.
El acontecimiento del año ha sido (otra vez, por el momento) la prisión cautelar que decretaron el juez Ismael Moreno y la fiscala Carmen Monfort contra dos titiriteros - que ya conoce todo el mundo mundial - por los supuestos delitos de enaltecimiento del terrorismo e incitación al odio. Esto es como cuando uno piensa que ya no se puede cagar más todavía, y lo siguiente que sucede viene a ser peor que lo anterior.

La historia interminable no es sólo el título de otra película. En España se ha convertido en la lista surrealista de acontecimientos por los que los españoles venimos siendo famosos desde que don Mariano y su troupe aterrizaron por el palacio de la Moncloa. Expertos en marear la perdiz y en fabricar cortinas de humo para distraer la atención hacia otro lado, se están encargando muy bien de convertir la “marca España” en marca Acme.

Estafas Reales, asesinatos machistas, suicidios de padres y madres de familias despojados de sus viviendas y de sus vidas por quienes procuraban tarjetas black a sus directivos. Comedores sociales de la vergüenza. Tiendas-buitre que compran oro, plata - lo que sea - a quienes lo han perdido todo. Obispos que acusan directamente a los niños abusados de provocar a sus abusadores. Planes de estudios ideados por el gobierno para manejar a su conveniencia lo que los niños deben “aprender”. Universidad sólo para ricos. Recortes salvajes por todos lados. Ladrones de guante blanco con leyes creadas para su conveniencia…Y suma y sigue. Eso es lo que ven nuestros niños cada día. Por todas partes. Sin contar con las películas, series y programas de televisión que ni siquiera merecen ser mencionados. Yo diría que todo eso sí que es, como poco, enaltecimiento del terrorismo e incitación al odio.

Lo que me deja titiritando es el convencimiento de que la gente se está acostumbrando y ve con normalidad lo que está sucediendo. La mejor manera de evitar que un prisionero escape, es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión, citaba Fiódor Dostoyeski. Va a ser que sí.

Personalmente, estoy contenta porque mi criatura vive un país extranjero donde sus habitantes no se quedan como conejos deslumbrados por los faros de un coche mientras son despojados de sus derechos y de su dignidad;  donde la educación no está en peligro de extinción, porque no interesa. Me alegro de que no esté viviendo en España porque somos el hazmerreir del mundo, con jueces que mandan a la cárcel a titiriteros. Con la que está cayendo. Me alegro de que se haya marchado porque actualmente decir que eres español es sinónimo de cachondeo, y porque España se ha convertido en un país en el que, ahora más que nunca, es evidente que no queda títere con cabeza.


Amanda Flores


domingo, 7 de febrero de 2016

COSAS QUE NI SIQUIERA UN PERRO DEBERÍA VER







Su ritual matutino consiste en abrir los ojos, quedarse un rato mirando a ninguna parte, hacer unas cuantas flexiones, bajar al parque, y purgarse. Le encanta olisquear y comer un poco de hierba fresca untada por el rocío de la mañana.

Cuando lo traje a casa yo ya tenía hechos los deberes y me había devorado un par de libros para preparar un poco el terreno, antes de comenzar a coexistir; lo mismito que habíamos hecho muchos padres novatos de mi generación antes de traer al mundo a nuestra criaturita: leer la revista “Ser padres”, el libro “Duérmete niño”, la “Guía para padres de jóvenes castores” y todo tipo de folletos relacionados con una tarea como es la de cuidar y educar a alguien, en la que estábamos tan verdes.

Yo tenía pensado mandarlo a cursar estudios con el mejor adiestrador canino de mi aldea, pero me desanimó la idea de tener un perro alienado, y también los 850 euros de honorarios que cobraba el tipo por convertir a mi mascota en algo muy parecido a un autómata. Además al mes de vivir juntos comprendí que los libros han servido de muy poco en ese terreno, que se puede educar en la medida de lo posible, pero no se puede estudiar para ser madre, que los planes pre establecidos para tal fin no dieron resultados deseables. Así que con el perro he decidido que lo suyo es - aparte de enseñarle unas normas mínimas de educación y respeto por cosas esenciales - limitarme a observar y dejar que las cosas fluyan.
Tras abrazar esta doctrina no me ha quedado más remedio que predicar con el ejemplo. Han quedado muy atrás los haz lo que yo digo y no lo que yo hago. He suprimido algunas cosas que formaban parte de mi cotidianidad. Nada de informativos ni de la fauna que se pasea por ellos. A excepción de alguna peli que despierte mi interés, el televisor ha quedado prácticamente olvidado. No quiero que mi compañero se contamine con toda la porquería que sale de un artilugio que se ha convertido en un arma letal aceptada por la masa como animal de compañía.

Nuestra convivencia es como un toma y daca: yo aporto mis enseñanzas y él sus preferencias. Como la de hacer sus pipsís y popós justo en el centro de los pasos de cebra, o en la mitad de la carretera cuando estamos cruzando. Que tiene sus riesgos, sí, pero no tantos como hacerlo justo en la acera del bar Casa Lolo. Y mira que tiro de la correa cuando le veo las intenciones, pero es una cosa superior a él. Un día que pasábamos por allí el dueño vio como Coni se ponía en cuclillas para hacer sus menesteres, y comenzó a procurarnos al perro y a mí una serie de aspavientos para espantarlo como si lo que tuviera delante de sus ojos fuera una abeja africanizada y no un ejemplar de Jack Russell que apenas levanta 30 centímetros del suelo.
Estuve pensando para buscar una solución… A los perros no les gusta hacer sus cosas donde comen o pasan el rato, así que se me ocurrió que sería una buena terapia desayunar un día en la exquisita terraza de casa Lolo; de este modo mi perro identificaría el sitio como un lugar de solaz en lugar de hacerlo como un retrete público, y de paso me ahorraría alguna que otra mirada torva de aquellos que no sienten mucha simpatía por el mundo de las mascotas, por muy educadas que sean éstas o sus dueños.

El día escogido fue un domingo a primera hora. El menú elegido, bombón americano y churros, que una mala tarde la tiene cualquiera. Cuando el camarero se acercó me percaté de que mi mesa era bastante inestable por los pequeños socavones de la acera.

No sé si habrá leche condensada para su café bombón – me lanzó, secamente, y se marchó.

A los pocos minutos se presentó con el café y con un bote de leche condensada ¡La Lechera! … Sin duda, hay días en los que la fortuna está de nuestro lado.

Parece que ha habido suerte – respondí con una sonrisa.

No dijo nada y se quedó allí, inmóvil como un poste de teléfono. Yo me debatía entre procurar que el perro dejara de moverse y que el café no acabara regado sobre la mesa, cada vez más inestable en medio de tanto socavón. Estaba tratando de controlar la situación, y el camarero a punto de echar raíces, cuando le invité a marcharse para poner tranquilamente la leche en el café, pero respondió que no, que no se marchaba de allí sin la leche condensada, y siguió esperando. Cavilé que sólo tenían ese bote, pero aun así no me parecía un motivo tan de peso como para su actitud tajante.

Me la tengo que llevar, que si no, la roban – dijo al fin sin inmutarse ni un pelo.

Casi me da una lipotimia. Hay cosas que ni un perro debería escuchar, que no está una criándolo con tanto esmero para que tenga que presenciar una escena propia de un lugar, de un país, mediocre y cutre. En ese momento eché de menos tener a mano un saco, una capucha, no sé, algo que ponerle al perro en la cabeza para que se evadiera de lo que allí estaba ocurriendo, pero estando en esas ensoñaciones, el señor que ocupaba la mesa que tenía justo a mi izquierda produjo un estruendoso sonido gutural, y acto seguido escupió en el suelo.
Sí, sin duda hay días en los que te levantas con la fortuna de tu lado…

Entonces lo comprendí todo. Coni no atiende a splash, ni a hazte el muerto, y el sit sólo lo ejecuta si le muestras un trozo de salchicha. Todo eso es cierto. Pero de lo que no hay el menor resquicio de duda es de que su educación no le permite apoderarse de lo que no es suyo, de culpar a los políticos de nuestra manera de actuar, de nuestra falta de interés por ser mejores, de nuestra ignorancia auto impuesta.

No sé… quiero que se haga un perro de provecho, un perro de bien, pero resulta muy complicado ante cosas que se escapan de mi control y que forman parte intrínseca del comportamiento humano con el que muchos tenemos que lidiar cada día.
Sí… he comprendido que Coni no es un perro cualquiera, que forma parte de la excelencia, y que aunque a veces sea testigo mudo de ambientes que se acercan más al surrealismo de hace unas cuantas décadas, mi querido compañero sabe identificar como nadie el lugar más idóneo para plantar un pino. Como la acera del bar casa Lolo. Porque hay cosas que ni siquiera un perro debería ver.


Amanda Flores